
Hay personas que dejan huella profunda, que siembran su vida con un amoroso fulgor, infundiendo brillantez a lo aparentemente mediocre, nobleza y valor al trabajo, el esfuerzo, la risa y el llanto. Personas que dejan hondos vacíos al dejarnos, y cuyo paso por este mundo merece un homenaje. Aunque sea pequeño y con pocas pretensiones….
Eso intento con esta entrada, cuyo título coincide intencionadamente con el de una vieja película del genial director-actor francés Jacques Tatí. Seguramente much@s conoceréis su banda sonora sin haber visto necesariamente la película:
https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=1Qqm9XgG8Tg
Es una melodía alegre y, a la vez, nostálgica, como los dos sentimientos que me recorren de arriba a abajo cada vez que pienso en él. En mi tío. La verdad es que esa música iba muy bien con su personalidad, ahora que lo pienso…
Mi tío Mariano era el hermano de mi padre. Su único hermano. Y, para mí, siempre fue
algo así como “mi padre del
pueblo”. Hombre de campo hasta la médula, sencillo, recio y trabajador, poseía, no obstante, una sabiduría excepcional, esa serena aceptación de las cosas (que nos falta a much@s) sin enfermizas resistencias, aderezada con un magnífico sentido del humor. Daba gusto estar a su lado. Era una persona que siempre transmitía una simpática calidez, una confianza campechana en que todo estaba bien tal y como estaba.
Familiar y amoroso, se hacía querer por chicos y grandes, y era el centro de atención cuando nos
juntábamos en el pueblo todos los veranos, tanto siendo pequeños mi hermano, mis prim@s y yo, como en tiempos más recientes, cuando acudíamos allí tod@s con nuestr@s hij@s, la nueva generación.
Si algo destacaba en su personalidad. era un tremendo sentido del humor, que ya despuntaba desde la infancia. Mi padre contaba una anécdota muy gráfica de cuando eran pequeños, que ilustra muy bien su manera de ser:
eran dos chavalillos de unos ocho y diez años, y andaban de correrías por los prados de la dehesa donde vivían, antes de que sus abuelos decidieran instalarse en el pueblo (eran guardeses de una inmensa finca de unos familiares de Adolfo Suarez, y vivían en una enorme casona de piedra en medio del monte). Mi padre (el rubiales de las fotos) y mi tío (el más pequeño) bajaban corriendo hacia una fuente por una pronunciada pendiente, que papá enfiló con demasiada velocidad, de modo que resbaló y fue a aterrizar sobre una zarzaleda espesa. No se dio ni cuenta pero, al parecer, el pobre se desolló la rodilla al caer, y cuando se levantó, sacudiéndose el polvo de la ropa, apareció su hermano con una sonrisa en la boca. Movía una mano enseñándole un pequeño colgajo ensangrentado de piel, que llevaba sujeto entre
los dedos. Su frase lapidaria, que mi pobre padre nunca olvidó, fue: “¡Anda, qué suerte tienen algunos! ¡Esta noche cenan carne los alcaudones!”. ¡Menuda pieza! (Por lo visto mi pobre papaíto se pasó las dos horas siguientes corriendo por toda la finca para evitar que le echaran alcohol en la herida…).
También cuenta mi padre que fue él, mi tío, el que le echó el ojo a mi madre en el colegio, pero pensando en su hermano mayor, no en él mismo. Ella me dijo que, tiempo después, el tío le contó que pensó al verla: ”Mira qué muchachilla más maja para mi hermano”… Y eso que mi padre es menor que ella, pero como superaba en altura a todos los chavales de su edad, parecía mucho mayor.
Mi tío siempre fue así, una persona jovial y con mucho desparpajo, con la que compartí algunos de los más hermosos recuerdos de mi infancia en el pueblo. Le quería muchísimo, y jamás podré olvidarle. Se me encoge el corazón como una pasa mientras escribo todo esto…
Nunca olvidaré esos atardeceres dorados en Las
Erillas. Así se llama la hermosa finca que fuera de mis abuelos paternos, donde mi tío sembró, literal y metafóricamente, tantas semillas familiares y hortícolas. Con él aprendimos a regar, abriendo o cerrando el canalillo del cauce con golpes suaves de azadilla, dirigiendo la pequeña corriente hacia el bancal de los tomates o el de las
fresas, donde correspondiera… y a escardar, desbrozar, limpiar, recolectar… Humildes faenas de la tierra que nos regalaba sus frutos maravillosos. ¿Cómo explicar el placer de regresar a la ciudad con el maletero repleto de cajones con patatas, tomates, lechugas, zanahorias, calabacines, melocotones, manzanas o ciruelas? ¡Todo salía de su huerta! Bueno, casi todo…
porque mis abuelos maternos también tenían un huertecillo, del que atesorábamos judías verdes, guisantes, peras, higos, y las rosas más embriagadoras que he olido jamás….
Mi tío tenía un tractor. Recuerdo lo orgulloso que estaba de él en su momento, pues fue de los primeros del pueblo en conseguir comprarse uno (la mayoría de la gente, cuando yo tenía diez-doce años, todavía utilizaba tracción animal para las faenas del campo, y los burros y mulas abundaban en las fincas). En su remolque íbamos felices dando tumbos por caminos rurales llenos de baches, a la vendimia en El Pinarón, o a recoger leña en La Umbría, y era toda
una aventura salpicada de risas y exhabruptos, siempre seguidos por el maravilloso perro de turno: Turco, Laser, Linda, Druso, Chispa, Martin… En cada época uno diferente. Nos encantaban esos días especiales que pasábamos toda la familia en el campo, sobre todo cuando íbamos a vendimiar. El abuelo o el tío me dejaban una navajilla y me pasaba horas cortando
racimos, agachada entre los sarmientos, sintiendo en mi boca cada poco tiempo la dulce explosión de las uvas, pequeñitas y negras. Y al mediodía nos sentábamos en el suelo, o sobre algún canasto, a comer las “patatas secas” que hacían la tía Margarita y la abuela María, deliciosas en su misma sencillez: patatas cocidas, machacadas con un tenedor y aliñadas con torreznillos, pimentón y manteca, un pelín rancia, pero que nos sabía a gloria en aquellos días de septiembre tan lejanos.
Otro detalle curioso que recuerdo de mi tío es que, a veces, se dirigía a nosotros ( a mi hermano y a mí) como los “señoritingos finos de la ciudad”. Es una historia que se repite en muchas familias de origen humilde: el hermano mayor destaca en los estudios y el mecenas de turno convence a los padres y abuelos (que por aquel entonces tenian voz y voto sobre los destinos de sus descendientes, tanto o más que los propios padres) para no desaprovechar ese “diamante en bruto” y mandarlo a estudiar a la capital. Quisieron incluso meterlo en el seminario, pero mi bisabuela se opuso, y al final lo que hizo fue un curso de electrónica, que afianzó durante el servicio militar. Y así fue como mi padre inició su andadura fuera del pueblo, y mi tío Mariano se quedó allí para sacar adelante el patrimono familiar.
De pequeños íbamos muchos fines de semana, y los veranos los pasábamos allí casi
enteros, pues también teníamos a la familia de mi madre. Y para mí era una rara e inexplicable fuente de placer perderme en esos rincones rústicos. Siempre me sentí más a gusto en el pueblo que en la ciudad, de modo que bien pronto estuvo claro que la vena rural de ambas ramas de la familia corre por mis venas.
Me encantaba, por ejemplo, sentarme al lado de mi tío, en un pequeño taburete de madera hecho por el abuelo, a ver cómo ordeñaba las vacas: Mariposa, Remigia, Lucera…” Anda,
inténtalo tú”, me retaba, entre los inefables efluvios de la paja y el aliento de las vacas, con una sonrisa ladeada en su rostro curtido, que no ocultaba cierto simpático “desdén” hacia la sobrina urbanita que lo miraba todo con los ojos como platos. Y yo lo intentaba, por supuesto… pero nunca fui capaz de extraer ni una gota de leche de aquellas protuberancias mamarias… ¡Me daba miedo
hacerles daño y no quería apretar! El se burlaba y hacía chanzas a mi costa, pero siempre con una actitud cariñosa y simpática, y yo le seguía la corriente. Siempre tuvimos muy buen rollo, a pesar de nuestros pequeños piques, y se tomaba nuestras diferencias con muy buen humor.
Recuerdo, por ejemplo, antes de decidir que no volvería a comer carne, que ya tenía yo actitudes “tiquismiquis” hacia los productos de procedencia animal. Como es tradicional entre la gente del campo, mi tío y mi abuelo hacían matanza todos los años, y nos daban morcillas, chorizos, panceta, jamón y todas esas “delicatessen” que tanto admiran los carnívoros. Pero yo ya apuntaba maneras. No soportaba, por ejemplo, la veta blanca de grasa del jamón. Nos lo ofrecía la tía Marga, tan cariñosa, cada vez que íbamos a su casa, un buen plato de jamón que me río yo de los de Guijuelo… pero yo le
quitaba “lo blanco” porque me daba mucho asquito. Y mi tío, que se ponía malo al verme, bufaba como un gato y exclamaba, amagando un gorrazo hacia mi persona: “¡Ay, abanto, a quién se le ocurre quitar lo mejor del jamón!” (eso de “abanto” me hacía mucha gracia, porque nunca se lo he oído a nadie más, pero era su insulto favorito, y nos lo decía a tod@s, hij@s y sobrin@s…)
¡Qué risa! De repente me viene a la memoria, hablando de jamón, cuando siendo yo muy jovencilla (unos diecisiete o dieciocho años) llevamos al pueblo a un amigo marroquí llamado Halim, que había conocido por correspondencia a través de una iniciativa multicultural del colegio, un par de años atrás. Como era habitual, hicimos la “ronda” por todas las casas de la familia para presentarles a mi amigo: la de mis abuelos, la de
mis otros abuelos, la de la tía Julia y, al final, acabamos en la de mi tío Mariano, que, como siempre, sacó la fuente del jamón, totalmente ajeno a las costumbres alimenticias de los practicantes del Islam.
El muchacho declinó amablemente su ofrecimiento, y mi tío se sintió un poco desairado. Le explicamos entonces que, por motivos religiosos, Halim no podía comer cerdo, y mi tío entonces sonrió de oreja a oreja, exclamando: “¡Pues vosotros os lo perdéis!”. Y cuando nos despedíamos, un par de días después, le soltó al chaval un juego de palabras que todavía hoy nos provoca una sonrisa al recordarlo: “Halim: jamás jamarás jamón”. Así era mi tío, siempre con el sentido de humor a flor de piel. Muchos años después, hablando con Halim, todavía se acordaba con simpatía del “jamás jamarás jamón” que le dedicó mi tío.
Como casi todos en los pueblos, era un hombre polifacético y sabía de todo. No era un simple campesino que trabajaba la tierra y criaba animales; era carpintero, albañil, mecánico, enmarcaba cuadros, y se dedicó durante muchos años al mantenimiento de la piscina municipal del pueblo. La casa familiar la construyó él solito, poco a poco, y ese afán lo heredó mi primo Jorge, su hijo mayor, ya en plan prefeccionista, manifestándolo en la preciosa casona de piedra natural y madera tallada que se está terminando de hacer en las Erillas (y que empezó hace seis años o puede que más…). Mi tío le ayudó muchísimo, hay mucho de él en esa casa, por una de cuyas ventanas le retraté asomado hace un par de veranos. Siempre iba así, en camiseta, con su gorra, y (ya en los últimos años) con una faja sujetándole “el riñonar”, como decía él. Era su uniforme de trabajo.
Aparte de todo eso, era filósofo y humanista. Tenía capacidad de convocatoria, y la
suerte de poseer muchos amigos, de todas las características y niveles sociales. Por ejemplo, estaba Samuel, que era profesor del colegio de sus hij@s, al que mi tía anteponía respetuosamente el “don”, mientras mi tío le tuteaba con muchísima confianza; Antonio, galerista de arte en Madrid; Óscar, un simpático andaluz, pareja de Antonio, que murió hace años (los dos eran majísimos, y su presencia habitual en las Erillas me confirmaba la mentalidad abierta y poco cateta de
mi tío, porque entonces no era muy corriente tener amigos homosexuales, y menos en un pueblo); estaba también Vicente, que trabajó de ferroviario en Madrid, con su aspecto montaraz de cabrero o náufrago; también solían pasar por allí Honorio el silencioso, y el vecino de la finca de al lado, Matías, que le dejaba su prado para que pastaran las ovejas… Muchos de ellos acudían casi todas las tardes a pasar un rato en las Erillas al atardecer y compartir tertulia junto al cauce y la casilla.
Aunque tengo muchos recuerdos suyos en diferentes momentos y lugares, creo que la
imagen que permanecerá siempre grabada en mi alma es la de él por las tardes cuando, a la caída del sol, ya terminadas las faenas habituales (recogido el ganado, regado el huerto, recolectadas las lechugas, tomates o verduras de temporada…), se remangaba hasta las rodillas los pantalones (que llevaba con una cuerda a modo de cinturón
), y se metía de patitas en el cauce que atraviesa la finca, para quitarse el polvo y el sudor con un cubo de agua y jabón casero. Luego se secaba con una toalla y se sentaba un rato en el banco de piedra tras las matas de bambú con los tertulianos de turno. Ese gesto tan suyo se ha acabado convirtiendo casi en una tradición familiar, pues lo siguen haciendo sus nietas mayores y mis hijas, a las que les encanta lavarse el pelo en el cauce después de disfrutar de dos horas de piscina junto al huerto.
Año, tras año, generación tras generación, cada tarde acudían los asiduos de la finca, todos los mencionados más arriba, además de la familia propiamente dicha: tía Marga, su hermana Trini y Pedro, su marido (que murió también hace unos años), mis prim@s y, con el tiempo, sus respectivas parejas e hij@s (Susana y Ángel, María y Javi, Jorge y Fé, nuestr@s pequeñuel@s: Elvira, Elena, Paula, Pablo, Ángela, Natalia, Andrea, Dani, Irene…), y, por supuesto, mi padre, el abuelo-tío Gerardo. Así de animado solía estar aquello casi
todas las tardes de verano, y aunque no tod@s íbamos siempre, lo habitual era que nos juntáramos allí un@s cuant@s… Y más aún cuando éramos pequeños y todavía tenía vacas, pues iba mucha gente a comprar la leche recién ordeñada (¡qué rica, eso sí que era leche!) con sus pequeños cantaritos… El caso es que era la hora de la charla sosegada y el arreglo del mundo, cuando todos opinábamos sobre todo entre bromas, zanahorias y calabacines.
Mi último recuerdo, antes de verle en el hospital, es de finales del verano de 2012. Fuimos las niñas y yo a
despedirnos de ellos a las Erillas, porque volvíamos a casa a la mañana siguiente. Estaba muy agradecida, pues el tío me había conseguido un montón de maderitas para mis pirograbados. La leña procedía del montón que tenía él cortado en la finca, pero él mismo se encargó de llevarla a la serrería de un amigo suyo para que me la cortara en rodajas. Le dí las gracias y le prometí que le llevaría una con un bonito dibujo, y él se burló, muy a su estilo: “Ya, ya, siempre dices que vuelves, y luego pasa un año hasta que volvemos a vernos…”. Besó a las niñas, bromeó con ellas y su afán por llevarse un gato a casa, y lugo se presentó con unas bolsas, diciendo “Anda, mi niña, llévate unas
lechuguillas y unos tomates”. Estuvimos seleccionando y guardando las piezas que mejor aguantarían el viaje, mientras los críos pululaban a nuestro alrededor, y recuerdo que me fijé en sus manos callosas y las vi más delgadas.
La verdad es que le noté bastante alicaído ese verano, se quejaba de un dolorcillo continuo a la altura de los riñones, pero como siempre había tenido esa zona delicada debido a los esfuerzos labriegos, no le di demasiada importancia. Nada parecía presagiar que en pocos meses nos dejaría.
Y, sin embargo… algo en él me conmovió profundamente. O algo en mí supo lo que ocurriría de manera inconsciente. Al decirle adiós, sentí la necesidad de darle un abrazo. Y se lo di, un abrazo largo y cálido, ý él lo prolongó de manera natural y tierna, como si de veras nos estuviéramos despidiendo para siempre. “Cuídate mucho”, le dije, tirándole un beso entre los ciruelos, mientras me alejaba con las niñas hacia el camino que baja al pueblo. Esa fue la última vez que vi a mi tío tal como era. En su salsa.
Después vino un torbellino de pruebas, quimioterapias, dolores y hospitalizaciones que acabó con él literalmente. Todavía conservaba parte de su verdadera identidad cuando le visité casi dos meses después en el hospital, con mi padre y mi hermano, pues bromeó muy en su línea al ir a darle un beso y rozarle con el cristal de cuarzo que colgaba de mi cuello: “¡Muchacha, que me descalabras con ese pedrusco!”. Le conté que ese pedrusco, junto con much@s amig@s, estaban tratando de infundire energías curativas y amorosas para luchar contra el mal que le aquejaba, y lejos de mofarse o ignorar mis palabras, me dio las gracias y sonrió como solía hacer en las tardes doradas de las Erillas. Hablamos mucho de alternativas a la quimioterapia que tanto daño le había hecho (la primera sesión le dejó el hígado como unos zorros), y hasta mi tía se mostró interesada por cierto mejunje “milagroso” a base de aloe vera, miel y whisky que según testimonios en la red ha conseguido curar incluso tumores terminales. Sólo le puso la pega de que, como era diabético, no podría tolerar la miel… Parecían incluso dispuestos a probar sin ella… Pero no dio tiempo. Fue todo muy rápido… Demasiado.
Unos días antes de navidad mi tío tiraba la toalla. Esas fueron sus últimas palabras, según tía Margarita. Estaba agotado. También dijo que lo que más le apenaba había sido tener que vender los animales. Eran su vida: las ovejas, las gallinas y pavos, los conejos, los cerdos… Mi tia no quería, pero él insistió en que hicieran matanza. Fue como un último gesto protector para con su familia: dejarlos bien abastecidos de carne por si venían tiempos difíciles, esos tiempos difíciles de los que siempre hablaba en sus tertulias con sabiduría popular.
¡En fin! Esto ha sido sólo un pequeño esbozo de la maravillosa totalidad que fue mi tío Mariano, y no le hacen justicia. Pero he intentado ofreceros unas pocas pinceladas de las muchas que conforman el cuadro de su vida, mucho más amplia y rica que los escasos momentos que viví yo con él.
Sólo me queda por compartir una deliciosa anédota que me contó mi padre el día de su entierro, y que me hizo sonreir entre las muchas lágrimas derramadas ese día. Me dijo que estaba en casa de mis tíos la noche anterior, cuando uno de los nietos más pequeños, Daniel, de tres años, le cogió de la mano y le dijo: “Ven, ven conmigo, Tioge, que te voy a enseñar una cosa”. No os he contado que al tío Mariano mi hermano y yo le llamábamos “Tioma”, y mis primos a mi padre, su tío Gerardo, “Tioge”. Estos apelativos cariñosos los han adoptado las nuevas generaciones, por eso Dani le llamó así. Dani es monisimo, la viva imagen de nuestro bisabuelo, de quien ha heredado su nombre (lo mismo que mi hermano), un rubito de gesto inteligente y picarón. Pues bien, este duendecillo maravilloso agarró a mi padre de la mano y le llevó a la amplia terraza, donde mi tío construyó una barbacoa para las cenas de verano. Me encanta ese lugar, porque desde allí se divisan los tejados de los alrededores y parte de la sierra. Entonces el niño señaló al cielo y le dijo a mi padre: “¿Ves esa estrella, la más grande, la que brilla más que ninguna? Pues allí vive ahora mi abuelito”.
Tal vez ese pequeñín, en su inocencia, sepa que el alma que alentó el cuerpo de mi tío va en busca de nuevos horizontes, iluminados por las estrellas. Aunque parte de ella, seguramente, se ha quedado para siempre en esa tierra fértil de las Erillas que tanto amó en esta vida. Y, sobre todo, en nuestros corazones. Que nuestro amor te acompañe siempre y guíe tu camino en busca de otros huertos donde echar raíces. Buen viaje, querido tío.


